La culpa siempre es de los demas
¿Por qué se les echa la culpa a los demás?
Echarle la culpa a los demás de forma constante es una forma de evadir nuestros errores y responsabilidades.
Echar la culpa a los demás es muy fácil. Y muchas veces no es más que una forma de no reconocer nuestros propios errores, de no ejercer nuestra responsabilidad.
Por ejemplo, es muy habitual decir “el taxista iba demasiado lento” o “había mucho tráfico”, en lugar de reconocer que nos levantamos más tarde de lo que deberíamos. O echar la culpa al horno de una comida quemada porque “no funciona bien”, en vez de decir que nos quedamos mirando televisión y nos olvidamos de la cena.
“Echarle la culpa de tus errores a tu naturaleza no cambia la naturaleza de tus errores.”
-Thomas Harris-
Esto ocurre porque la mente trata siempre de deslindarse de los problemas y, sobre todo, de las culpas. Es como una especie de protección hacia los ataques de otros que, en ocasiones, son más producto de nuestros miedos e imaginación.
El ser humano cae una y otra vez en un típico error: buscar culpables fuera de sí mismo, para cualquier problema. Si acertamos, es nuestra virtud, pero si erramos, seguramente será responsabilidad del otro.
Antes de decir “me equivoqué”, es probable que digamos que fue por la mala suerte, el clima, el jefe, el transporte, el zodíaco o la alineación de los planetas. No importa, cualquier excusa es buena para evitar afrontar la realidad y asumir los errores.
“La gente está siempre culpando a sus circunstancias por lo que son. Yo no creo en las circunstancias. La gente que progresa en este mundo es la gente que se levanta y busca las circunstancias que quiere, y, si no puede encontrarlas, las hace.”
-George Bernard Shaw-
Por supuesto, también es cierto que habrá momentos en donde la culpa la tiene otro y no nosotros. En estos caos, el culpable es otro y ya está. Pero, echar siempre la culpa a los demás, cuando no siempre es de los demás, impide que veamos nuestros errores con claridad y hace que perdamos las riendas de nuestra vida.
Ahora bien, si esta actitud es perjudicial ¿por qué preferimos echarle la culpa a los demás? Pues, realmente lo hacemos para protegernos de la culpa y quitarnos ese peso de encima. Muchas personas no saben cómo gestionar adecuadamente sus emociones, de manera que deciden (a nivel inconsciente) evitar o suprimir aquellos estados emocionales que les causan inquietud, como lo es la culpa.
Según el psicólogo Rafael San Román, echarle la culpa a los demás es un mecanismo muy infantil. En la niñez este comportamiento puede tener una justificación evolutiva hasta cierto punto, pues admitir la culpa y responsabilidad de algo que se ha hecho requiere de mucha madurez y ser capaz de tolerar las consecuencias; cualidades que obviamente no presentan los niños pequeños.
De esta forma, aquellos adultos que operan de esta forma probablemente no hayan alcanzado la madurez emocional suficiente.
¿Como solucionar este comportamiento?
El primer paso seria aceptar nuestros errores
Es una tarea que no es nada sencilla, pero que tampoco es imposible. El punto de partida para dejar de echarle la culpa a los demás es quitarnos la comodidad del cuerpo y comenzar a aceptar cuando nos equivocamos.
Es necesario dejar que los demás nos corrijan, sacarnos de encima las capas de esa gran coraza que se llama orgullo, y sobre todo, ser sinceros con nosotros mismos, para luego poder serlo con el resto de las personas.
Errar es humano, y no solo eso, sino que es también aprendizaje. Asumir los errores es aprender de ellos, y eso nos permitirá crecer como personas. Pero también nos ayudará a comprender a los demás cuando comentan fallos y a perdonarlos si nos han afectado de algún modo. Al final, no es más que una forma de madurar y de hacernos con el control de nuestra vida.
“Si cerráis la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará fuera.”
-Rabindranath Tagore-
Afortunadamente, la solución está dentro de nosotros y nadie más que nosotros somos los que podemos revertir esa tendencia insana a echar la culpa a los demás de cualquier error que comentamos, por pequeño que sea.
Podemos comenzar a practicar con el próximo error que cometamos o un con uno de esos fallos que se viene repitiendo desde hace tiempo. Aceptar que nos cuesta levantarnos cuando suena el despertador, concentrarnos para entregar a tiempo los trabajos, estudiar para un examen o prestar atención a la comida nos hará sentirnos mejor, de manera interna y por consecuencia, externa.
Equivocarse no es sinónimo de valer menos
Existe una creencia generalizada en la que parece ser que cuando nos equivocamos pensamos que valemos menos. El hecho de errar nos lleva a pensar que si hemos hecho algo mal es porque no somos lo suficientemente buenos y vemos peligrar nuestra propia identidad y autoconcepto. ¿Y qué ocurre cuando nos equivocamos? Para no asumir nuestro error, echamos la culpa a los demás o a las circunstancias. “Yo no me quedo nunca dormido, es que hay mucho tráfico”. No queremos admitir que a veces somos impuntuales y mucho menos queremos que los demás lo piensen.
“El miedo a una evaluación negativa, o miedo a ser juzgados negativamente por los demás e incurrir en su desprecio y desdén; miedo a que los demás piensen que somos unos estúpidos, débiles, ineptos y tal vez incluso que estamos locos”.
Es importante saber que todos podemos errar y no por ello valemos menos. Cuando aprendemos a conducir un coche se nos va a calar unas cuentas veces y no echamos la culpa al coche ni al profesor ni al clima, sabemos que somos nosotros quienes todavía no tenemos un manejo adecuado del vehículo.
Lo mismo ocurre con muchos otros aspectos de la vida, cuando realizamos una acción que conlleva un resultado no deseado, es mucho más sano mirar hacia dentro que buscar culpables fuera. De esta forma, aprenderemos y creceremos como personas.
Poco a poco, el reconocimiento de esos errores nos llevará a enfrentarnos a ellos y superarlos. Tal vez hasta tengamos la suerte de que se “contagié” la idea y todas las personas que nos rodean aprendan a no echar la culpa a los demás, a decir “me equivoqué”, algo tan difícil de conseguir en estos días, pero tan necesario.
Culpar a los demás como estrategia
La estrategia de culpar a los demás como medio para eludir las responsabilidades y el coste de los errores no funciona. Al final, con esto solo se consigue falsear las relaciones con los demás, levantando un obstáculo para el crecimiento personal.
Culpar a los demás es un recurso al que acuden los niños con frecuencia. Su desarrollo cognitivo y moral les impide comprender la importancia de responsabilizarse de sus actos y más bien optan por eludir el castigo cuando saben que han actuado mal. Sin embargo, también hay muchos adultos que siguen mostrando este tipo de conductas en diferentes situaciones.
Culpar a los demás se convierte primero en hábito y luego en una estrategia, en las personas que tienen un alto grado de narcisismo o falta de autonomía. Esta conducta supone un estancamiento en la evolución de las emociones y de los valores. Quien actúa de este modo sufre y también hace sufrir a quienes les rodean.
Lo más común es que detrás de ese patrón de culpar a los demás haya miedo, ira reprimida y tristeza. Y mientras no se opte por estrategias más sanas en las relaciones con los demás, tales sentimientos permanecerán e incluso se harán más intensos. Por lo mismo, no es una estrategia eficaz, sino que, por el contrario, multiplica las dificultades.
“Jugar limpio es no culpar a los demás de nuestros errores”.
-Eric Hoffer-
Las razones para culpar a los demás:
En términos generales, hay dos grandes razones por las que algunas personas optan por culpar a los demás como estrategia para sobrellevar los conflictos.
La primera es el narcisismo y la segunda la falta de autonomía. Podemos pensar que estos dos aspectos son excluyentes, pero no es así. De hecho, es muy frecuente que vayan juntos.
Es muy habitual que una persona desarrolle excesivo narcisismo como compensación a un sentimiento de inferioridad. Allí se presenta una paradoja. La persona cree que debe ser amada o reconocida, pero no hace lo necesario para conseguir ese amor o ese reconocimiento. Pese a ello, le molesta no conseguirlo. Finalmente decide culpar a los demás por todo lo que no logra.
La segunda razón por la que se emplea esta estrategia es por falta de autonomía. Como sucede en el niño, hay mucha dependencia de la autoridad y temor al castigo. Entonces se culpa a los demás para eludir ese mal rato, pero al hacerlo se incrementa la dependencia y se impide el desarrollo del sentido de responsabilidad.
¿Qué se gana culpando a otros?
La conducta de culpar a otros genera algunas ganancias aparentes. La primera de ellas, que el ego queda intacto. Al cometer un error y reconocerlo, se declara implícitamente que uno es imperfecto y, por lo mismo, que no siempre tiene la razón. Cuando no hay humildad, esta es una herida que algunos egos no toleran.
La dificultad para aceptar los errores no es fruto de un exceso amor por uno mismo, sino de una gran inseguridad. Algunas personas piensan que cometer un error les quita valía, o pone en entredicho sus capacidades o méritos. Si, en cambio, hay seguridad en lo que se es, un error o una equivocación se ven como normales y se abordan como fuentes de aprendizaje.
Otras veces se opta por culpar a otros porque de este modo se evaden las consecuencias de los actos y no se paga el precio del error mismo. Es una forma infantil de eludir tanto la responsabilidad, como el sentimiento de culpa. Quien actúa así se esconde de sí mismo y pierde la oportunidad de aprender de las equivocaciones, fortalecerse y crecer.
¿Qué se pierde con esta estrategia?
Quien sistemáticamente culpa a los demás de sus errores, sus sufrimientos y sus carencias, se causa daño y causa daño a los otros. Lo primero que consigue es restarles autenticidad y franqueza a las relaciones. En esas condiciones es muy difícil construir vínculos sanos, sino que, por el contrario, lo que se promueve son relaciones tóxicas.
Uno de los aspectos que más valor dan a la vida es precisamente construir lazos de intimidad genuinos con otras personas. Estos otorgan seguridad, afianzan la identidad y nutren la valentía. Los vínculos artificiosos o marcados por la manipulación solo generan la sensación de estar más solos frente a un mundo más amenazante.
Por otro lado, quien renuncia a asumir sus responsabilidades, también renuncia a crecer, al tiempo que se impide a sí mismo aprender de los errores. Ese estancamiento termina influyendo en las emociones y distorsiona la percepción de la realidad. Finalmente, solo termina alimentando una postura paranoica y nociva.
El antídoto para esa tendencia a culpar a los demás es la humildad. A diferencia de lo que muchos creen, aprender a responsabilizarse por las consecuencias de los propios actos, de los errores y los desaciertos es algo que no debilita, sino que fortalece y promueve la evolución individual.



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